El resurgimiento del sarampión: un brote sin precedentes sacude a EE.UU. en medio de una crisis de confianza en las vacunas
Adaptado al nivel C1 de una historia de The Independent.

En 1989, mientras George H.W. Bush ocupaba la Casa Blanca y Madonna dominaba las ondas radiales, Estados Unidos vivía su último gran brote de sarampión, una epidemia que hoy resurge con una virulencia inusitada, desafiando a un sistema de salud que se creía preparado. El pediatra Paul Offit, experto en enfermedades infecciosas del Hospital de Niños de Filadelfia, recuerda aquellos días con estremecimiento, pues la atmósfera era de pánico colectivo: «La gente tenía un miedo atroz a venir a la ciudad; las escuelas cancelaban excursiones, y sacábamos de las casas a un niño muerto tras otro». Para cuando la crisis remitió en 1991, el país contabilizaba 55,467 casos y 166 fallecimientos, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), y el brote se atribuyó entonces a la baja cobertura vacunal, dado que la vacuna, introducida en 1963, había mantenido a raya la enfermedad durante décadas.
Hoy, con más de 2,300 casos reportados y cifras en aumento semanal, el escenario presenta obstáculos de naturaleza distinta, comenzando por la propia administración federal, cuyo liderazgo ha optado por una agenda controvertida. El presidente Donald Trump, junto a su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., ha impulsado políticas que incorporan a escépticos de las vacunas en paneles asesores y permiten que teorías conspirativas circulen dentro del gobierno, socavando la credibilidad de las instituciones sanitarias. Trump ha afirmado en repetidas ocasiones que los niños pequeños reciben hasta 80 vacunas distintas, una declaración que los médicos desmienten categóricamente, pues el número habitual oscila entre 30 y 50 antes de los 18 años; Kennedy, conocido por su postura antivacunas, ha llegado a pedir a los CDC que abandonen su posición sobre la inexistente relación entre vacunas y autismo, mientras que un vocero de la Casa Blanca insiste en que la administración busca «dejar sin examinar ninguna piedra» para abordar esas inquietudes.
Este escepticismo, alimentado por la desinformación difundida durante la pandemia de COVID-19 y en redes sociales, ha calado hondo en la población, erosionando décadas de progreso en salud pública. Según un estudio de la Universidad de Arkansas, la reticencia a vacunarse creció un 15% desde 2019, y una encuesta de Pew Research de 2025 revela que uno de cada cinco padres no confía plenamente en la seguridad del calendario vacunal infantil, lo que configura un caldo de cultivo para futuros brotes. El doctor Irwin Redlener, cofundador del Children's Health Fund, describe la situación como «una población escéptica, desconfiada y conspirativa, incitada por figuras como Bobby Kennedy Jr.», lo que constituye «un problema distinto y peligroso»; los brotes ya se han manifestado en comunidades menonitas de Texas y evangélicas de Carolina del Sur, con dos muertes infantiles registradas en el primer estado.
Para Offit, la solución sigue siendo la misma que hace 35 años: las vacunas, aunque su implementación requiere ahora un enfoque más matizado. Durante el brote de 1989, la cobertura se elevó mediante la recomendación de una segunda dosis y la creación del programa federal Vaccines for Children en 1993, lo que permitió reducir drásticamente los casos; hoy, aunque más del 90% de los niños están vacunados, la cobertura entre los más pequeños ha descendido desde antes de la pandemia. «No solo eliminamos la enfermedad, eliminamos también el recuerdo de la enfermedad», lamenta Offit, convencido de que los brotes persistirán mientras exista una corriente que anteponga la libertad individual al bienestar colectivo; el desafío, concluye Redlener, es cómo lidiar con «ideólogos recalcitrantes y anticientíficos» en un contexto donde el gobierno federal, lejos de contribuir, promueve activamente la desinformación.
Historia original: The Independent — Lingocito la reescribe en español del nivel C1 y siempre enlaza la fuente.